Crítica: Nick Cave “Ghosteen”


“Ghosteen” (2019) representa el punto culminante de una travesía artística que Nick Cave ha forjado durante cuatro décadas con The Bad Seeds, un álbum que surge como un faro de luz cruda pero compasiva en medio del abismo del duelo. Tras la tragedia que marcó “Skeleton Tree” (2016), Cave y Warren Ellis (el núcleo irremplazable del grupo) asumieron la producción completa, moldeando el álbum entre 2018 y 2019 en una cadena de sesiones improvisadas que comenzaron en el estudio Retreat de Brighton con un piano desnudo y un modesto sintetizador Yamaha Reface DX, evolucionando luego hacia el idílico Woodshed de Malibú, rodeado de un jardín edénico donde Ellis vivió, según él mismo cuenta, “días llenos de continua maravilla y incredulidad”; un espacio espiritual que, irónicamente, acabaría devorado por los incendios californianos poco después, evidenciando aún más la fragilidad del momento. Completaron la grabación en NightBird de West Hollywood, Candy Bomber en Berlín y Air de Londres, donde Ben Foster dirigió los arreglos de de cuerdas que infunden al conjunto una textura orquestal etérea y contenida. Con Cave al frente (voz, piano y sintetizadores), Ellis manejando loops, flauta, violín y piano, y el resto de la formación (Thomas Wydler a la batería, Martyn Casey al bajo, Jim Sclavunos con el vibráfono y percusión, George Vjestica a la guitarra, más los invitados Augustin Viard y su Martenot y Kaushlesh “Garry” Purohit en tablas) el resultado es, valga la paradoja, una obra minimalista pero inmensamente rica en matices, donde la electrónica se funde con toques orgánicos para crear un paisaje sonoro que no impone, sino que acompaña al alma en su proceso de sanación. “Ghosteen” (2019)  no es un álbum de rock convencional; es una confesión colectiva sobre mortalidad y resiliencia, grabado con una intimidad que hace que cada nota parezca susurrada directamente al oído del oyente, elevando la discografía de Cave a un nivel de profundidad emocional que pocos artistas han alcanzado jamás.

El disco se estructura como un díptico conceptual; los “hijos” en el primer volumen y los “padres” en el segundo, permitiendo una inmersión progresiva en las capas del dolor y la esperanza. Abre “Spinning Song” con una delicada espiral de sintetizadores que Ellis tejió en aquellas sesiones de Malibú, donde Cave evoca la caída de Elvis y Priscilla en un falsete frágil que se eleva sobre un piano austero; musicalmente, se manifiesta en un uso magistral del silencio, con pausas que dejan respirar la voz y crean una tensión armónica sutil, casi ambient, que recuerda la desolación de un paisaje postapocalíptico pero sin perder la ternura. “Bright Horses” irrumpe con caballos imaginarios galopando entre llamas urbanas, respaldada por arreglos de cuerda grabados en los estudios Air que añaden un brillo dorado a las disonancias suaves, mientras Cave canta sobre la necesidad de soñar un mundo mejor: “Todos tenemos un corazón que llama a algo”, sentencia con una mordacidad que desarma, transformando la rabia en redención. “Waiting for You” contrasta la confrontación realista de su esposa Susie con la fe milagrosa del propio Cave, sostenida por bajos pulsantes y loops electrónicos que generan un pulso hipnótico, casi jazzístico en su libertad rítmica, subrayando la belleza de comprometerse con el amor pese al sufrimiento. “Night Raid” recrea una escena familiar en un hotel con una campana de iglesia que pasa de cálida resonancia a alarma implacable, gracias a samplers procesados en Woodshed; la percusión de Sclavunos y el vibráfono aportan un pulso orgánico que contrasta con la electrónica, profundizando en la nostalgia doméstica con una progresión armónica que se disuelve en ecos, como si el mismísimo tiempo se estuviera deshilachando, mientras que la sintética “Sun Forest” crea un magnífico pasaje con la voz de Cave en primera persona y “Ghosteen Speaks” hace llegar al clímax narrativa al álbum cuando el fantasma adolescente del hijo de Cave habla desde el más allá, explorando la presencia continua del ser amado más allá de la muerte. En el segundo disco, la épica “Ghosteen” de más de doce minutos alcanza el clímax emocional: la irrupción repentina de cuerdas y batería marca la maravilla de estar vivo frente a la crueldad cotidiana de lavar la ropa de un hijo ausente, con Ellis desplegando sintetizadores que crean texturas polifónicas complejas, donde las armonías se superponen en evocadoras capas. “Fireflies” brilla con una brevedad luminosa, tablas y Martenot añadiendo ese exotismo sutil grabado en Berlín, mientras “Hollywood” desata una ira inicial que se resuelve en la parábola budista de Kisa Gotami; “Es un largo camino hacia la paz interior”, culminando en un desvanecimiento de loops y piano que, gracias a la mezcla en Conway de Los Ángeles, deja una sensación de trascendencia absoluta. Cada canción se beneficia de la grabación intuitiva: las improvisaciones iniciales en Brighton permitieron que la emoción fluyera sin filtros, y los arreglos posteriores en Londres dotaron al conjunto de una profundidad sinfónica que amplifica el subtexto lírico sin sobrecargarlo, creando un equilibrio perfecto entre minimalismo electrónico y calidez humana que refleja la experiencia del duelo en arte universal.


Al final, “Ghosteen” (2019) no se limita a documentar el dolor; lo transfigura en un acto de generosidad radical para el que lo escucha, y esa es la razón por la que me conmueve cada vez que regreso a él. Haber sido testigo, a través de las palabras de Ellis, de cómo aquellas jornadas en Malibú se sintieron guiadas por algo superior (antes de que el fuego borrara del mapa ese estudio) me hace percibir el álbum como un milagro sonoro, una grabación que trasciende géneros y épocas para recordarnos que la pérdida nos une a todos en una cadena ancestral de sufrimiento y supervivencia. Cave, con su prosa afilada y su voz quebrada, junto a Ellis como arquitecto invisible de paisajes sonoros que fusionan lo experimental con lo profundamente humano, logra lo que pocos han conseguido: convertir la fragilidad en fortaleza sin caer en sentimentalismos baratos. Un disco que me ha acompañado en noches de insomnio y mañanas de claridad, reforzando mi convicción de que el verdadero arte no cura el vacío, sino que nos enseña a habitarlo con dignidad y amor. “Ghosteen” (2019) es un susurro valiente y necesario, otra cumbre de Nick Cave and the Bad Seeds que merece no solo ser escuchada, sino vivida, porque en sus surcos late la prueba irrefutable de que, incluso desde las cenizas, la música puede alumbrar el camino hacia una paz interior que, aunque parezca lejana, es real y compartida.

© 2019 Jota Jiménez



Artículo Anterior Artículo Siguiente