Crítica: Deicide "Overtures of Blasphemy"

Qué razón que, a veces, el paso del tiempo nos hace reflexionar sobres aquellos juicios prematuros y más en la música… A pesar de que defendimos “In The Minds Of Evil”, la sensación que dejó aquel álbum fue agridulce; para algunos era una buena muestra de que Deicide seguían reteniendo mientras que para otros muchos, la banda había muerto con “Insineratehymn” (2000) e “In Torment in Hell” (2001) y Deicide eran cosa del pasado (que levante la mano el que no, porque estará mintiendo). Craso error porque “Scars of the Crucifix” (2004), “The Stench of Redemption” (2006) o “To Hell With God” (2011) mantenían un dignísimo nivel. Vi con buenos ojos la salida de los hermanos Hoffman (a pesar de que Deicide pasarán a la historia por sus cuatro primeros discos) como con tristeza la pérdida de Santolla y, por supuesto, Jack Owen. Pero no nos olvidemos de que a dos veteranos como son Glen Benton y Steve Asheim, además de la experiencia de Kevin Quirion hay que sumarle la incorporación de Mark English y, cómo diría un buen amigo mío; mano no es, desde luego que no... Deicide repiten con Jason Suecof tras los mandos después de “In The Minds Of Evil” y, si algo le puedo echar en cara a su producción es que la sección rítmica de Benton y Asheim es la protagonista, perdiendo protagonismo las guitarras; sí, están presentes pero no con el filo que podríamos esperar en una producción de uno de los estandartes del death, grabado además en los AudioHammer Studios de Sanford en Florida (la cuna del subgénero en su vertiente norteamericana), pero aquí el ritmo es quien manda.

En "Overtures of Blasphemy" (gran portada de Zbigniew M. Bielak, no me cansaré nunca de elogiar al artista polaco), Deicide ahondan en la herida abierta de “Once Upon The Cross” (1995) o “Serpents Of The Light” (1997) y su groove, estando ejecutado a la perfección no es excesivamente técnico y pulido, sino que posee las dosis justas de agresión y suciedad pero también de habilidad, en doce canciones breves en las que no hay necesidad de absurdos desarrollos o introducciones que nos hagan perder el tiempo, dando la sensación de que Benton hace mucho tiempo que aprendió la lección y ha entendido que los experimentos funcionan mejor con gaseosa, que Deicide son un nombre demasiado grande y mítico dentro del metal como para jugar con él. Así, de esta manera, “One With Satan”, la más extensa, es un amplio repertorio de todo su poderío; la voz gutural de Benton, el ritmo atropellado y trepidante de Asheim, y las guitarras de Quirion y English no nos dan descanso, especialmente son sus solos o el dramático trémolo de su puente, mientras Benton parece narrar antes de que Asheim vuelva a desbocarse…

La brutal “Crawled From the Shadows” (pegadiza a más no poder) y la veloz “Seal The Tom Below” nos devuelven a los Deicide que más nos gustan; esos capaces de componer dos y tres minutos de contundente agresividad directa al hueso, como ejercicios de gran dinamismo (“Compliments of Christ”) tan pegajosos como para que uno regrese a este álbum o se alojen en la memoria, contagiosos hasta la exageración gracias a sus riffs, “All That Is Evil”, y otros momentos que nos recordarán a Slayer, “All That Is Evil”. ¿Qué mejor banda que Deicide para recoger el testigo de los míticos thrasheros de California por los que muchas bandas, entre ellos la de Benton también, están aquí?

Me gustan las guitarras melódicas de “Anointed In Blood” (pena que las rítmicas desaparezcan a lo largo de todo el álbum para quedarse en ese discreto segundo plano que mencionaba al comienzo de esta crítica, al mencionar a Suecof), como las de “Defying The Sacred”; grandes intentos para alejarse de los momentos más cafres de Deicide y tejer, de nuevo, blasfemas y sangrantes -pero técnicos- momentos de inexplicable belleza, como volver a lo que mejor saben hacer en “Crucified Soul of Salvation” y ese sonido más clásico en “Consumed By Hatred” o “Flesh, Power, Dominion” (que, inexplicablemente, goza de un sonido más apagado que el resto), antes de reivindicarse en “Destined to Blasphemy” y firmar con sangre el final del álbum.

Puede parecer una divertida paradoja pero, gracias a Dios, Glen Benton no cumplió su promesa de quitarse la vida a la edad de treinta y tres años y, con cincuenta y uno, sigue entre nosotros, defendiendo su arte. Dando buen ejemplo de que cuando la rabia y la furia parecen apagarse con lo temporal de la juventud, dan paso la experiencia y la madurez de los años, que se puede seguir estando igual de cabreado con veinte que con sesenta. Los cojones que a Benton le faltaron para acabar con todo, fueron los que suenan en “Overtures of Blasphemy” de Deicide, gracias a Dios, sí…

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