Crítica: Mario Vaquerizo "Haciendo Majaradas"

Nunca pensé que llegaría a leer este libro como para pensar en escribir una crítica sobre él e imaginarme que, al terminarlo, tendría aún mejor concepto de Mario Vaquerizo y su universo del que ya tenía. Mario no es Vargas Llosa y no lo pretende, no engaña al lector con una novela sino que nos habla sobre sí mismo que ya es bastante, tampoco es Bowie o Lux Interior, Iggy Pop o Joey Ramone, Mario es Mario Vaquerizo Caro, un madrileño estudiante de Periodismo que nació sintiéndose diferente y creció en un matriarcado que terminó conformando su personalidad. Un luchador que, con todo el mejor de los humores posibles, se repone de pérdidas y vuelca su ilusión en sus ídolos y de algunos de ellos, por suerte, termina siendo pareja y amigo. En "Haciendo Majaradas" sonreímos de felicidad, con ternura y reiremos a carcajadas para terminar asintiendo porque Mario Vaquerizo no es tal y como se muestra en sus apariciones televisivas, es una persona reflexiva y que, bajo la ingenuidad de su personaje, se despacha a diestro y siniestro en todo tipo de asuntos (desde la política a la religión, de la amistad al sexo, del cuerpo de Iggy Pop a sus desayunos en el Vips de Moncloa o la relación con su abuela) y con el que, sorprendiéndonos aún más, todos compartimos más de un punto en común. 

Así, Mario nos relata de manera divertida cómo entrevistó a Alaska mucho antes de ser su pareja, como conoció a Nacho Canut y la admiración que siente por Fabio McNamara (cómo intentó hacer su biografía), pasa de puntillas por su brillante carrera universitaria y comparte con nosotros sus inquietudes sobre la deshumanización de la tecnología o habla con ternura de su hermana y su madre.  ¿Es Mario Vaquerizo homosexual, bisexual o heterosexual? ¿Acaso importa? Mario es Mario y poco importan sus secretos de alcoba pero él, sin pelos en la lengua y con esa misma supuesta inocencia que en ocasiones desarma a su interlocutor, se esmera por explicarnos lo mucho que le gustan las mujeres y la atracción únicamente estética que siente por los hombres, es inevitable reír cuando éste le plantea esa misma pregunta a Alaska y ésta lo resuelve haciéndole imaginar lo que sería tener sexo con Pamela Anderson o con cualquiera de esos chicos a los que Mario admira por su porte pero, aún así, Mario intenta explicarse aún más; al criarse entre mujeres y ser éstas también sus mejores amigas, está abocado a hablar en femenino y tener una pose más afectada que el resto de los chicos de la universidad.

¿Y su extrema delgadez? Mario no hace apología de nada y menos de su cuerpo pero no le duele en prendas reconocer que no se gustaba a sí mismo y puso remedio a ello a base de una estricta dieta y constancia en el gimnasio. Odia verse a sí mismo como modelo de nadie y huye de asuntos mas comprometidos como el de la anorexia porque, a pesar de su físico, nunca la ha defendido y es sensible con el problema de miles y miles de jóvenes.

Tema aparte es de las Nancys Rubias, ese grupo en el que ninguno sabe tocar un instrumento pero en el que todos vuelcan su ilusión y que pretende recuperar parte de la magia ochentera pasada por la túrmix de los New York Dolls, los Ramones, los Cramps y la movida madrileña a base de letras ingeniosas y actitud a raudales. No es que no sepan tocar ningún instrumento, es que no tienen ni la más mínima intención de hacerlo y eso les honra. No hay nada que entender en un grupo como las Nancys Rubias, se trata de pasar un buen rato y ver la vida de otro color.

¿Simple, superficial, aprovechado o tonto? Nada de esto tampoco. Mario es inteligente como una cuchilla y rápido en sus respuestas (las cuales rara vez fallan el blanco) y se muestra sincero como el que más cuando reconoce que este libro surge del gran momento de fama que vive y el cual debe y quiere aprovechar porque hay una gran diferencia entre coger el tren que pasa una vez y subirse al tren como un aprovechado, justo lo que no es. Tampoco es superficial y su empeño por explicar sus gustos muestran a alguien con las ideas muy claras que, la mayor parte de las veces, ha sido malinterpretado con mucha malicia (como cuando relata el episodio de la polémica por la compra de un par de chaquetas de cuero o la cantidad de críticas que recibió su boda). 

Ama la cerveza y la comida basura pero sabe apreciar una buena comida, ama la música más que nadie a pesar de reconocer su ignorancia, adora a Iggy Pop, Blondie, The Cramps, Los Ramones o Bowie pero también a McNamara y a Olvido. En su casa podrás encontrar muñecos de KISS o Alice Cooper al lado de fotos de Raphael, barbies o una camiseta de Pamela Anderson y es precisamente esa mezcla la que enriquece a la persona. No tener complejos y vivir la vida tal y como viene, con esa actitud tan wildeana es digno de todo elogio. Mario se pregunta a sí mismo si es superficial, se esfuerza por explicarse a sí mismo cuando no hace falta; es un hedonista, un esteta, un artista de los pies a la cabeza.

© 2012 Pimkie de la Rosa